La experiencia de mi NeCesárea

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Esta es quizás la entrada más profunda que escribo. Lo hago con el recuerdo imborrable del nacimiento de mi niño, que aunque fue de una forma diferente a la esperada, no dejó de ser ese momento tan especial para el que había estado esperando todo este tiempo.

Todo iba bien. La última revisión, el miércoles, predecía que me iba a poner de parto pronto porque las contracciones eran ya frecuentes y fuertes, el niño estaba en su sitio y las condiciones pélvicas eran las adecuadas. Me mandaron descansar hasta el sábado, que sería cuando provocarían el parto de no haberlo comenzado antes yo sola.

No parecía haber señales de comienzo de parto. Contracciones, sí, pero no dolorosas y yo no sentía que Adri tuviera ganas de nacer. Seguía como siempre. Sin embargo, el viernes por la mañana, estando acostada en la cama, plácidamente dormida, noto como expulso "algo" líquido que parecía abundante. Me desperté y fui al baño. Tenía toda la ropa interior y el pijama empapados. Me lavé (para nada al final) y aquello no paraba de salir. Era parecido a abrir una fuente, un chorro imparable de agua que salía más y más con cada contracción. Tuve claro que HABÍA ROTO AGUAS!!
Imaginad la pinta con la que llegué al hospital.

Una vez allí, llaman a mi ginecólogo y le avisan de que estoy de parto, que tiene que venir a atenderme. Las matronas (muy simpáticas y cariñosas esta vez) me exploraron primero y pusieron mala cara, cosa que me puso bastante nerviosa. No lo entendía. ¿Por qué? Todo iba bien hace dos días.
Me explicaron que no conseguían tocar la cabeza del niño, si no otra cosa. Osea, que se había movido. Aún así, me enchufaron la oxitocina y me dejaron esperar un poco a ver que pasaba en la espera de que lo valorara mi ginecólogo.

Por fin llega él, y les escucho desde dentro la conversación:

-Doctor, creemos que el niño no está colocado. No sé lo que he tocado sinceramente. El camino está bien pero la postura es muy extraña.

-Me da bastante miedo que salga el cordón antes que el cuerpo. Entonces, tendríamos un problema serio. Es muy arriesgado.

-Sí, yo he pensado lo mismo pero será mejor que entres tú y toques a ver que sensación te da.

Pues en eso que entra él y me repite el tacto y me pone cara de "no hay opciones Irene" y me dice:

-Irene, la cabeza ya no está en posición. Se ha movido. Qué pena porque hace dos días iba todo encaminado y ahora tu niño ha decidido no colaborar. Estas cosas pasan. Esto debe ser una cesárea. Te explico: el problema que tenemos es que la cabeza no está en su sitio, tienes contracciones muy fuertes y aunque el trabajo de parto va muy bien, si sale el cordón antes que el cuerpo, tenemos un problema de irnos pitando a quirófano y hacer algo complicado. Sería una operación urgente ya que tu bebé tiene doble vuelta de cordón y no podemos arriesgarnos a que eso pase. La decisión sigue siendo tuya. Yo te puedo dejar más horas pero eso es lo que va a pasar y tienes que valorar qué os conviene a ti y a tu niño.

La matrona le apoyaba y ya eran varias opiniones más de otras matronas que trabajaban allí, así que viendo que ellos lo tenían tan claro, nosotros decidimos ir a quirófano antes de que la cosa se pusiera fea.

-Tenemos media hora hasta que quede libre el quirófano, Irene.

La matrona me miraba y me cogía de la mano y me decía al verme llorar: "En ginecología, un parto con éxito, no es un parto natural, si no un parto en el que se asegure que tanto tú como tu bebé, vais a estar en perfectas condiciones.Y eso es lo que va a pasar. Estáis los dos muy bien. Piensa eso y que te dé fuerzas."

En ese momento, yo era la más vulnerable del mundo. Lloraba y asimilaba lo que estaba por llegar, sin saber bien lo que me esperaba, sólo imaginándome estar en la sala sola, anestesiada, sin poder participar ni tener a Pablo a mi lado. ¿Cómo sería aquéllo?, ¿me dolería mucho después?
Miedo, mucho miedo. Y soledad...

Llegó el momento...

Me llevaron a quirófano. Yo estaba extrañamente calmada, pues ya sabía que no había otra. Llegó el anestesista y me puso la epidural. Sí, esa inyección a la que yo tenía pánico. Pues bien, ni la noté. Las piernas empezaron a dormirse de inmediato y me tumbaron en una camilla movible, con los brazos estirados, uno a cada lado, conectada a las máquinas que vigilaban mi evolución y con una manta por delante para que no pudiera ver nada.

Me sentí muy mal, como si me robaran el momento. Ahí, sin poder moverme nada, sin saber, sin compañía, con miedo y pensando cosas como: ¿notaré cuando me abran?, ¿será molesto notar como me toquetean por dentro?

Mi ginecólogo empezó a trabajar. Me dijo: "sólo te voy a pintar de momento". Y yo ya no supe ni en que momento me abrió, si estaba dentro o fuera o que estaba haciendo. No notas nada. Ni si quiera supe cuando sacó al niño, de no ser porque lo oí llorar. En cuanto a sensibilidad al momento, cero. A las 12:26 pm nacía Adrián. No se me olvidará esa frase de los médicos. Es mágica.

Él me decía:

-¿Cómo estás, Irene?

Yo le dije:

-Bien, pero estoy temblando.

Me contestó:

-Eso es normal, pero me refiero a cómo te sientes.

Me eché a llorar. ¿Cómo me iba a sentir? Indefensa, sola, asustada, con ganas de estar con mi bebé y con mis planes rotos. Todo a la vez. Lo siento por quien lo haya vivido como una experiencia positiva pero para mi, no lo fue y lo cuento tal y como yo lo sentí.

Resulta que al abrir e intentar sacar al niño, el doctor dijo: ¿pero dónde está la cabeza?, ¿dónde la ha metido?, madre mía, esto no iba a salir de ninguna forma Irene. Menos mal, que hemos intervenido.
Necesito forceps. La cabeza está muy arriba y no la puedo coger.
Ahí, justo en ese momento, es cuando te das cuenta de que no fue una decisión fortuita. Gracias a que pensó con rapidez, la cesárea ahorró mucho sufrimiento a mi niño, que de ninguna manera hubiese podido nacer de forma natural, y la consecuencia fue que el niño ni se enteró. Salió perfecto. Y gracias a esa decisión también, tengo una cicatriz muy bien hecha, trabajada a conciencia porque pudo tomarse su tiempo en dejarla lo mejor posible, sin prisas y asegurándome una mejor recuperación en el futuro. Estas son las cosas positivas que le veo a mi NECESÁREA, las cuales me repito cada vez que me da el bajón para darme cuenta de lo bien que fue todo en realidad y la cantidad de problemas que nos pudimos ahorrar.

Al minuto, me trajeron al niño y me lo pusieron en la cara. Pude olerlo y ver cómo hacía pedorretas mientras me miraba fijamente. Seguí llorando como una magdalena. Y desde ese momento, todo lo que quise, fue estar con él cuanto antes. Que me cosieran y que me llevaran a su lado ya.



Mi médico dijo que todo había salido perfecto. Que el niño estaba increíble, que la cirugía había sido muy buena. Le vi irse y ya me sacaron en la camilla para encontrarme con Pablo y Adrián. Fue un momento precioso. Vi la cara de Pablo, que estaba emocionado, y la matrona me puso de nuevo al niño en brazos. Nos dio un minuto y me llevó a la sala de reanimación hasta que pasara la anestesia.

La sala de reanimación
Me supo tan a poco el ratito que pude estar con ellos, que el tiempo que tuve que estar en esta sala se me hizo eterno. Me dijeron que hasta que no moviera las piernas de nuevo, no me llevarían a planta. Yo intentaba mandar señales a mis extremidades con tal de moverlas de alguna forma pero era inútil. Hay un rato que la epidural dura hagas lo que hagas, pero no dejé de intentarlo. Me desesperaba un poco. Yo quería subir ya y estar con mi niño. Tardé menos en conseguir mover las piernas de lo que tardaron en subirme. Había una cola de camillas esperando subir a planta y claro, había entonces un orden. Yo no hacía más que resoplar, hasta que por fin, dos horas y media después del parto, me subieron a la habitación donde estaba Pablo esperándome con mi niño. Otra de las cosas que peor recuerdo de esta parte, fue cómo trataron de recolocarme el útero tras la cirugía a base de apretarme todo el abdomen y la zona de la cicatriz, como si me estuvieran amasando. Tuve que apretar hasta los dientes. La epidural aún hacía efecto en las piernas pero la incisión se empezó a notar mucho antes de que se pasara el efecto de la anestesia.

En la habitación
Llegué y estaba Pablo haciendo piel con piel con Adrián. El niño estaba muy espabilado y ya pedía teta, cosa que Pablo no podía darle aunque él la buscara en su pecho.
Se llevaron a mi madre y mis cuñados a otra habitación mientras me pasaban de la camilla a la cama, me limpiaban enteran, cambiaban las toallas porque aún sangraba, me sondaban y me volvían de nuevo a amasar toda la barriga y la cicatriz. Tremendo. Eso duele.

Una vez acaban de hacerlo, ya pueden entrar todos y me pone Pablo al niño en el pecho. Se agarra de inmediato y se queda mirándome completamente calmado de repente. Precioso momento. A pesar del dolor, yo necesitaba eso. Era algo que no quería que me quitaran y sabía que tras la cesárea, el tema de la subida de la leche iba a ser difícil y costoso, pero para mi sorpresa, todo lo contrario. Desde ese momento, tuve calostro y leche para alimentar a mi niño que no tuvo que recurrir a bibis en ningún momento y se mostraba satisfecho después de cada toma. Pensé que era muy afortunada por eso.
Lo que pasaba con el pecho es que cada vez que le daba, venían los entuertos. Es naturaleza pura. Cuando el niño mama, hace que todas tus tripas se vayan recolocando más rápido en su posición original y que el útero baje. A los tres días de dar el pecho, ya tenía la matriz abajo completamente.

El primer día lo pasé entero en la cama. Me daban analgésicos fuertes y una de cada dos, Dolantina, un mórfico fuertecito que me iba de maravillas y me ayudó a descansar esa noche. La cicatriz dolía, pero con tanta droga, la notaba menos.
Lo malo fue el día dos. Llega la enfermera y me dice que tiene que levantarme. Yo iba dispuesta al principio, siguiendo sus pautas, pero cuando pasé de tumbada a sentada, me dio tal dolor, en serio, horrible, lo siento pero es así, un dolor fortísimo, como si me abrieran de nuevo y esta vez sin anestesia. Me desmayé y tuvieron que dejarlo para el medio día.
Al medio día, pasó igual. Llegué al borde de la cama esta vez y duré unos segundos espabilada pero en seguida le dije "no puedo,de verdad que no puedo", y me volví a caer. Ha sido el dolor más intenso de toda mi vida.

Me vine abajo porque pensé que ni de coña me levantaría alguna vez de la cama. Además, me quedé tan dolorida que ni los calmantes me hacían efecto ese día y por dentro, sabía que tenía que volver a intentarlo pero me daba pánico. Las visitas de ese día se llevaron de mi una Irene apagada y bastante llorica.
Bueno, pues esa noche llamé a las enfermeras de nuevo y les pedí que me ayudaran a intentarlo de nuevo. Esa vez llegué al borde de la cama y no me desmayé, y después pude ir a la silla para cenar. Duré el tiempo exacto de la cena y vuelta a la cama, pues me dolía mucho y estaba temblando mientras intentaba acabarme el plato. Aún así, me acosté pensando que había sido un avance.

El tercer día traté de ir al baño sola pero me mareaba.Necesité ayuda para ducharme y luego sentarme de inmediato a esperar que se me pasara el mareo. Di algún paseo por el pasillo de la habitación en plan 'pasillo-silla-baño y vuelta'. Poco más. Me seguía doliendo muchísimo y encima habían empezado a reducirme los calmantes, con lo que era capaz de esforzarme menos.

El cuarto día, pude dar más paseos por la habitación y más erguida que el día anterior. Aún así, parecía que iba andando como un jorobado. Lo hacía y me sentaba. Lo intentaba de nuevo a los 20minutos y así. Al llegar la tarde, ya era incapaz de hacer nada más, pues el dolor ya se acumulaba y seguían reduciendo mi medicación.

Todo este tiempo atendí a Adrián con el pecho. No me salté ni una toma. No era capaz de cogerlo de pie ni cambiarle ni nada por el estilo, pero siempre le daba de mamar cuando tocaba. Era mi momento con él, de lo poquito que podía hacer por él entonces.
Hubo una noche que no se calmaba y me lo puse encima. Tomó el pecho y se quedó felizmente dormido encima mia con media sonrisa dibujada en la cara. Yo me quedé dormida con él. Estábamos agotados los dos, pero fue una imagen preciosa y un momento increíble para mi.

Al quinto día nos dieron el alta. No era capaz de moverme bien aún. Apenas logré llegar al coche y a ritmo de tortuga. Pasé el día con mucho dolor pues ya intentaba yo misma no medicarme a no ser que realmente no pudiera aguantarlo. Primer día de adaptación en casa con Adri. La verdad, fue mejor de lo que pensaba. Se portó muy bien y me lo puso tremendamente fácil.

La recuperación
El quinto y sexto día estuve bastante tocada, con dolores fuertes y tirones en la zona de la herida. Apenas andaba por la casa y era incapaz de dar unos pasos sin tener que parar de inmediato y descansar, pues ya había parado la medicación por completo. Pablo me ayudaba a ducharme y era una pesadilla lo inútil que me sentía todavía. Me tenían que asistir con todo: para ponerme al niño encima, para quitarlo y ponerlo en la cuna, para cambiarlo, para llevarme a la ducha, subirme a la cama, etc. Me desesperaba ver lo lento que era aquéllo. No parecía que el dolor fuese a mejorar nunca. Sin embargo, al día siguiente magia. Pude levantarme y andar bien recta. Di un paseo, bajé y subí las escaleras, cogí al niño en brazos y lo acuné de pie, lo bañamos, y lo cambié. Acabé bien muerta y dolorida, pero al final del día. Una grandísima mejoría.
Y así, llegó el octavo, noveno y décimo día. A partir del día 8, ya podía pasear sin cansarme, cocinar, estar por la casa de pie, atender al niño bien, agacharme con cuidado y ducharme sola sin ayuda.
Hoy, 12 días después, estoy practicamente como si no me hubieran hecho nada. De vez en cuando, tira y duele un poco sobre todo si hago un mal movimiento o me río o toso, pero salvo por eso, puedo decir que me encuentro como antes casi. Ya no voy jorobada si no recta y no parece que haya pasado por esa cirugía. Me empiezo a encontrar estupenda y mi ginecólogo, que ya me ha quitado los puntos, dice que ha quedado muy bien la herida y la musculatura. Que me voy a recuperar muy bien.

Mi barriga se ha reducido enormemente y empiezo a tener cintura de nuevo. Ahora tengo ratos en los que miro la rajita y sonrío. Por ahí ha salido mi niño. Esa es la marca que ha hecho posible dar a luz a mi bebé y mejor aún, la que ha hecho que sea posible asegurando que iba a estar bien. Cuando veo la cara de Adri, hasta la raja deja de doler y me saca una sonrisa. Me emociona verla. En serio. Es mi marca de guerra, una salida a la vida.

Ya en casa y mucho más recuperada, empiezo a sentirme yo misma de nuevo, más guapa, más mujer otra vez, más completa y muchísimo más feliz. Tengo momentos en los que veo fotos de mi barriguita y me echo a llorar de lo que echo de menos también esos momentos en los que éramos uno sólo, pero entonces le tengo a él, durmiendo sobre mi, mirándome y sonriendo sin darse cuenta de que lo hace y vuelvo a llorar, pero esta vez de felicidad. Felicidad inmensa por tener algo tan bonito, que me supera en todas las emociones posibles, a mi lado, dependiendo de mi, buscándome y regalándome cada día lo mejor de él.
No tengo palabras. Es lo mejor del mundo... Es amor a primera vista cada día. ¿Se puede dar más siendo tan pequeño?, ¿cómo alguien tan diminuto puede hacerme sentir así de grande?
Debo de estar hormonada todavía por la lactancia porque estoy llorando como una magdalena mientras escribo esto, pero de verdad, que es que a pesar de todo, ha merecido la pena cada uno de los puntos que me he llevado y cada uno de los días que he pasado con dolor. Me acuesto y me levanto cada día pensando lo primero en él. Es mi TODO. Soy mamá, y ya sé lo que significa ser eso.


Para quien quiera, este enlace resume a la perfección lo que sentí durante mi cesárea. He intentado explicarlo yo misma, pero aquí, las sensaciones descritas encajan exactamente con lo que yo viví. Leerlo también me emociona porque me veo a mi misma reflejada en todo lo que dice. Muy cierto todo y muy bonito de leer. Sin lo que dice este post, mi experiencia, la que os cuento aquí, queda algo incompleta. Así, tal cual, fue como yo me sentí. Os lo dejo:
Tres verdades sobre las madres que han pasado por cesárea

La próxima vez, escribiré sobre mi experiencia con la lactancia, que ya os adelanto que va muy bien, sobre nuestros primeros días con Adrián y sobre todo lo que considere que me he ido dejando en el tintero estos días. Ha sido mucho, muy intenso y me queda tanto por contar...







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